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Embarazos de verano: Mamá al agua

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Calor insoportable, hinchazón en las extremidades, noches sin dormir… Estas son solo algunas de las molestias típicas de las mujeres con embarazos avanzados en meses veraniegos. Soy Javiera Hartmann, periodista, mamá de cinco niños. De ellos, dos nacieron en la época estival. Esta es mi historia, y cómo sobreviví para contarla.

Por: Javiera F. Hartmann.

Cuando me dijeron que la fecha probable de parto de mi segunda niñita era para el 24 de febrero (y posteriormente mi cuarto hijo nacería el día 3 de ese mismo mes), lo primero que se me vino a la mente fue ¡calor, calor, calor! Pero, bueno, ¿qué le iba a hacer? La criatura ya venía en camino, y no me quedó otra que levantar la cabeza y hacerle frente. El primer y segundo trimestre fueron bastante normales: la guagua crecía bien, yo subía de peso con relativa naturalidad, y todo iba ok.

A los 6 meses de gestación empecé con la famosa retención de líquido, y ahí comenzaron las molestias. A esas alturas ya estábamos en noviembre, y el calor empezó a sentirse paulatinamente. Al mes siguiente, la situación se puso peor. Comencé a dormir mal, lo que se tradujo en usar pijamas lo más livianos posibles, acompañados de sudoración excesiva, despertar a medianoche muerta de calor, acostarse sobre la ropa de la cama o con suerte tapada solo con la sábana.

En ese entonces únicamente tenía a mi hija mayor, que tenía un poco más de 1 año. Mi mamá fue un pilar fundamental, ya que ella me pasaba a buscar y nos íbamos a la piscina de su casa. ¡Fue mi salvación! Lo primero que les dije a mi familia cuando empezó el calor fue: “De ahora en adelante solo verán mi cuello y cabeza. El resto del cuerpo estará dentro del agua”. La reacción fue carcajada general, pero, al mismo tiempo, mi mamá comprendía lo que me estaba sucediendo, pues ella también tuvo un embarazo avanzado en época estival: yo.

Los vestidos, shorts, poleras de lino o algodón y chalas por doquier formaban parte de mi vestimenta cotidiana. Si se trataba de pantalones, eran los de tipo capri o tres cuartos, pero nada que fuera de telas como el polyester, ya que acrecentaban el calor y la transpiración.

A principios de enero, partieron las olas de calor, con 3 días seguidos de temperatura insoportable. Tanto, que me daba duchas de agua fría a mitad de la noche para calmar la situación, y poder descansar y conciliar el sueño. Y así seguimos adelante. Mi guata continuaba creciendo, y la hinchazón o edema en manos y pies se hacía cada vez más notoria.

Si algo bueno hubo fueron las frutas de estación. Como era verano, abundaban los duraznos, sandías, melones, frambuesas, frutillas y piñas. Las verduras continuaban siendo las mismas: lechuga, tomate, zanahoria, pepinos, rúcula y berros, entre otras. La infinidad de recetas permitía que mi embarazo fuera más amigable. Podía hacer helados naturales con yogurt, tutti frutti, jugar con las verduras y hacer ensaladas más gourmet.

La ingesta de líquidos era parte fundamental de mi dieta. Ya fueran jugos o agua, se volvieron absolutamente necesarios para no deshidratarme. De lo contario, corría el riesgo de sufrir un desmayo o fatiga. También, los cubos de hielo eran mis aliados.

Yo gritaba en todas partes: “¡Me estoy muriendo de calor!”, y mi marido me contestaba: “Eres una alharaca. No hace tanto”. Y empezaba el pin pon de respuestas:

– “Amor, tengo 37°C extra a lo normal. Si una persona tiene una temperatura habitual de 36.5°, yo siento el doble”.

– “Y ¿quién inventó eso? – me respondía.

– “¡El doctor!

Quien haya tenido la posibilidad de ir a la playa o a un lago durante el embarazo, seguramente coincidirá conmigo que es una de las mejores cosas que te puede pasar. En mi caso fui a la playa, y fue una de las pocas instancias en las que no sentí calor. La brisa y el agua del mar hicieron durante una semana que mi estado gravídico fuera muy agradable. Allá pude dormir bien y no transpirar como loca. De vuelta en Santiago, regresé a la rutina y el calor habitual.

Hasta que, finalmente, llegó febrero. Las tareas domésticas y mi hija mayor me dejaban agotada. Los días pasaron y, a medida que se acercaba la fecha del parto, la retención de líquido se hizo más evidente. Mis piernas y mi espalda sentían pesadez. La solución fue acostarme de espaldas y levantar las extremidades inferiores en un ángulo de 60°, para que la sangre circulase mejor.

Todo acabó el 24 de febrero de 2010, cuando me entregaron a la Trini: una niñita preciosa de 3 kilos 275 gramos y 48 centímetros.
EL EXPERTO HABLA

Según el gineco obstetra de la Clínica Las Condes, doctor José Luis Troncoso, las molestias más comunes entre las embarazadas en verano son:

Calor: producto del cambio metabólico del embarazo.

Edema o retención de líquido: se produce por transformaciones en los componentes existentes en la sangre y extra-sanguíneos. La mujer se siente hinchada y nota que el volumen de las extremidades es mayor. Por ejemplo, si aprieta un dedo sobre la piel, este queda marcado. A veces también puede ocurrir por una disminución en la cantidad de proteínas. Entonces, hay un traspaso de líquido de un medio a otro.

Cansancio.

Troncoso también explica que las vivencias del embarazo en el segundo trimestre, versus lo que ocurre en los 3 últimos meses, no es lo mismo. Ello debido a que los cambios fisiológicos que suceden en el segundo tercio -producto de los efectos en la parte circulatoria, respiratoria y digestiva- hacen que la paciente se sienta mejor. Es por estas mismas transformaciones que en el tercer trimestre las molestias son mayores.

El especialista hace hincapié en que los masajes de drenaje linfático son recomendables únicamente si son realizados por una persona certificada: “Las embarazadas deben evitar permanecer mucho tiempo de pie o sentadas. La idea es que tengan un reposo relativo, y que ingieran líquidos para que funcione el aparato renal”, puntualiza.

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¿QUÉ PASA CON LA PRESIÓN?

En casos de presión baja, a medida que avanza el embarazo, el útero crece y produce un síndrome llamado Ortocava, en el cual el retorno de la sangre se ve disminuido por la compresión del útero. Por consiguiente, el doctor Troncoso explica que “la embarazada es más propensa a sufrir desvanecimientos y decaimiento. Lo que se recomienda es una buena hidratación, y reposar recostada sobre el lado izquierdo”.

En cuanto a la presión alta, la hipertensión es una condición bastante común en Chile. Las mujeres embarazadas deben tener especial cuidado, ya que requiere un poco más de atención. “Los dolores de cabeza, zumbido de oídos, ver puntos negros y dolores abdominales inesperados son signos de un alza de la presión, pudiendo desencadenar problemas como la preclamsia y un parto prematuro”, destaca el médico de la Clínica Las Condes. Por lo mismo, ante esta sintomatología se debe consultar a la brevedad a un especialista.

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