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¿Tomarlos o dejarlos llorar?

0-24 meses

tomarlos o dejarlos llorar

Ver llorar desconsoladamente a su guagua es una de las situaciones más angustiantes para los padres, sobre todo si son primerizos. No saber cuál es la causa del llanto y cómo calmarlo, se convierte entonces en un desafío diario difícil de resolver. ¿Qué hacer?, ¿tomarlos para consolarlos o dejar que lloren hasta aliviarse por sí mismos? Te invitamos a descubrir la respuesta.

En este escenario muchos se debaten entre hacer caso al instinto paterno y tomar al hijo en brazos o, por el contrario, seguir el viejo consejo de la abuela que sugiere que, para no criar a un niño excesivamente mimado, lo mejor es no alzar a la guagua y dejar que llore hasta que se tranquilice por sí sola. ¿Cuál de estas posturas es la correcta? Lo cierto es que en asuntos de crianza no hay fórmulas matemáticas perfectas, pero si se extrapolan esas dos visiones al campo de la psicología, es posible constatar que existen dos líneas bien definidas: por un lado, está el Tremendismo, tendencia que resalta lo negativo de un acontecimiento y propone hacer todo lo necesario para terminar con el llanto de un niño, pues de lo contrario, se le estaría ocasionando un daño a nivel emocional; por otro, está la corriente del Conductismo, la que propone dejar que el menor llore para que aprenda por sí mismo a satisfacer la necesidad que busca saciar, como respirar, dormir o comer.

Pero, ¿es bueno dejarlos llorar hasta el cansancio? Al respecto se han tejido una serie de mitos que indican que este método podría provocar graves consecuencias en el desarrollo neurológico de los bebés. Con todo, la mayoría de la doctrina especializada es enfática en señalar que no hay evidencia científica que confirme que no consolarlos pueda dañarlos neurológicamente. “Pese a ello, la visión clínica sostiene que, dejar llorar a una guagua genera un estrés tanto para ella como para la madre. Por lo tanto, atender al llanto del hijo durante su primer año de vida es muy importante, porque en este período se consolida la confianza básica del niño, y el afecto que se le entrega fortalece el vínculo, lo que es fundamental para establecer relaciones afectivas cuando sea adulto”, indica Fernando Marchant, Psicólogo de Centros Médicos Vidaintegra. A lo que agrega que, “el sistema nervioso no está plenamente desarrollado al momento del nacimiento, sino que su máxima evolución se logra pasado los 6 años de vida. Por lo anterior, durante la primera infancia el menor debe ser atendido para su normal desarrollo y protección, ya que un llanto prolongado y sin atención puede quebrar la confianza del bebé con su entorno. Además, las investigaciones confirman que el contacto del hijo con la madre favorece la estimulación neuronal y fortalece el sistema inmunológico”. Actualmente la recomendación de los profesionales es clara; auxiliar al pequeño que está llorando no solo permite aliviar su ansiedad, sino que también contribuye a su correcto desarrollo.

¿Cómo reaccionar ante el llanto?

Lo esencial es estar tranquilos, no mostrarse nerviosos, porque ese sentimiento se transmite inevitablemente al hijo al instante de tomarlo en brazos. Por eso, se debe buscar una posición cómoda (tanto para la guagua como para el padre o madre), que permita entregarle paz y seguridad. Realizar respiraciones lentas, profundas y armónicas, acariciarlo suavemente en la cara, cuello y espalda, y hablarle con ternura en voz baja y serena, permiten conseguir esa calma. Si el llanto persiste, se aconseja llevarlo a una habitación oscura y con temperatura agradable.

Es necesario tener en cuenta que el llanto es la única forma que tienen las guaguas para comunicarse. A través de él expresan infinidad de necesidades como, por ejemplo: sueño, temor, hambre, falta de contacto físico, sed, frío, calor, molestias estomacales, etc. Resulta prácticamente imposible saber a priori qué es lo que el niño quiere manifestar con el sollozo, por eso es esencial responder a cada llamado, de esa manera el menor se sentirá cobijado y los padres irán aprendiendo poco a poco a distinguir de qué tipo de llanto se trata y qué es lo que su hijo reclama en cada caso.