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Promesas a los hijos: Arma de doble filo

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Es muy fácil caer en el círculo vicioso de prometerles lo que sea a los niños con el fin de que obedezcan, mientras que estos exigen cada vez más a cambio de hacer caso. No hay que olvidar que tan importante como cumplir hasta la promesa más trivial, es saber cuándo y cómo se hace.

Por Alejandra Bluth Solari

Desde comprarles un helado o un autito en el supermercado, hasta llevarlos al cine o al zoológico, o incluso darles dinero o regalarles un viaje… Prácticamente no hay padre o madre en el mundo que, en la medida de sus posibilidades, no recurra al artilugio de prometerle algo a sus hijos a cambio de que suban sus notas en el colegio, se coman toda la comida u ordenen su pieza.

Pero, ¿hasta dónde es bueno comprometerse con los niños? ¿En qué ocasiones es conveniente hacerlo? Y, sobre todo, ¿qué tipo de cosas es adecuado prometer a los más chicos?

“Es bueno hacerles promesas a los menores como una manera de enseñarles a través del ejemplo del adulto, es decir, un aprendizaje por modelaje donde se muestra que prometer es asumir un compromiso que siempre se debe cumplir, aun cuando sea muy trivial”, explica la sicóloga clínica Susan Figueroa, especialista infanto-juvenil y terapeuta familiar. “Así el niño va adquiriendo seguridad y confianza, además de ir aprendiendo valores, como la honestidad”.

Obviamente, lo más importante es cumplir siempre y sin excepción todo lo que uno promete, por trivial o insignificante que sea, ya que es la única forma de que el acto de prometer no pierda valor para el hijo ni efectividad para los padres. Las promesas son un acto solemne; “implican un compromiso con el otro, más representativo aún si esta se da en un vínculo tan estrecho como el de un padre o una madre con su hijo”, indica la terapeuta. Cumplir o no hace la diferencia entre generar seguridad o desconfianza de los niños con sus padres. “Cumplirlas permite a los padres tener credibilidad y mantener la figura de autoridad, mientras que no hacerlo y fallarle a los hijos, significa dañarles su autoestima y generar desilusión y desconfianza con el ambiente”, agrega.

Valor agregado

Se le pueden prometer muchas cosas a los menores para premiarlos si se portan bien, se sacan buenas notas o hacen caso, pero no hay que perder el control del asunto ni olvidarse de poner el freno para no hacer promesas desmedidas que uno no será capaz de cumplir, ni para caer en una especie de chantaje emocional en que los padres buscan obtener lo que quieren de los hijos a través de cosas, y estos, a su vez, se acostumbran a exigir a cambio de obedecer. El tema puede fácilmente escaparse de las manos. Por eso es básico saber manejarlo bien.

Según Susan Figueroa, “la clave es hacer promesas que se puedan cumplir, que sean adecuadas y correctas en el contexto en el que se aplican”. Esto implica evitar el error común de prometer cosas como premio a actitudes o conductas que los niños deberían tener de modo habitual y no como una excepción, del tipo estudiar o comerse toda la comida.

Si estas se utilizan como un recurso habitual para que los niños cumplan con lo que se espera de ellos, se dificultará que estos adquieran los límites y aprendizajes esperados, y su conducta dependerá siempre de la obtención de una recompensa prometida, restando autonomía a la figura de autoridad y aumentando el poder manipulador del infante.

Por lo mismo, la sicóloga asegura que hacer una promesa es una estrategia válida y adecuada si se utiliza solo ocasionalmente, de manera de que el niño no produzca la conducta que se espera de él por la ganancia que obtendrá a cambio o por un interés específico, ya que el aprendizaje estará condicionado y no será según las normas, límites y conductas apropiadas que se espera que ellos adquieran.

“La única forma de evitar que estas se conviertan en una forma de manipulación para lograr lo que uno quiere con ellos, es teniendo la precaución de que el objetivo de la promesa sea el aprendizaje de valores, y no modificar la conducta del niño”, dice.

Cuestión de confianza

La principal consecuencia de no cumplir las promesas que uno les hace a los hijos es que estos pierdan la confianza que han depositado en sus padres, especialmente si estos no cumplen lo que prometen de manera reiterada y sistemática. “Cuando esto sucede, es usual que los niños, frente al relato de los adultos, se mantengan con bajas expectativas, inseguros, decepcionados y desesperanzados”, afirma la sicóloga.

Por el contrario, los hijos de padres habituados a cumplir lo que prometen son niños seguros, confiados y que logran también realizar los compromisos con sus pares y adultos significativos, aprendiendo a esperar lo que se les ofrece.

En definitiva, como con todo lo que uno promete en la vida, el secreto para que las promesas con los niños tengan éxito es cumplirlas siempre, y no olvidar no hacerlo si no se puede cumplir.