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Pregorexia, una peligrosa obsesión

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Pregorexia

La excesiva preocupación por el peso está calando hondo entre las mujeres embarazadas. Tanto, que el fenómeno conocido con el nombre de pregorexia se está tornando cada vez más habitual en las consultas médicas del país. ¿Cuál es el perfil de quien sufre de esta enfermedad?, ¿cómo saber si la padeces? Te lo contamos en las siguientes líneas.

El embarazo es una etapa en la que la mujer experimenta un sinnúmero de cambios emocionales y físicos, siendo el aumento de peso uno de los más notorios. Se trata de una metamorfosis que la mayoría asume con naturalidad e incluso, complacencia. Pero, ¿qué sucede cuando la embarazada se obsesiona con los kilos que van aumentando?, ¿existe un límite entre el autocuidado y la obstinación? La realidad indica que sí, que se traza una delgada línea entre una alimentación prenatal saludable y la pregorexia. En palabras simples, la pregorexia es la anorexia del embarazo. El término que comenzó a ser utilizado a fines de la década pasada, hace referencia a un cuadro clínico caracterizado por la preocupación y miedo excesivo a subir de peso como consecuencia de este estado.    

Toda embarazada debe mantener una alimentación adecuada para el buen desarrollo del hijo que viene en camino, lo que acarrea como consecuencia un incremento del peso corporal. Si bien en el plano psicológico esta ganancia de kilos afecta con mayor o menor intensidad a todas las mujeres, lo cierto es que repercute de forma aún más significativa en la vida de aquellas que atribuyen una excesiva relevancia a la apariencia física. En general, quienes padecen de esta enfermedad son mujeres altamente exigentes y críticas consigo mismas, poseen un carácter obsesivo, tienen una autoestima muy dañada y adoptan la delgadez como ideal de belleza. Al respecto, Javiera Fuenzalida, gineco-obstetra de Red Salud UC Christus, cuya consulta recibe una cifra cada vez más numerosa de pacientes con pregorexia, indica, “los factores de riesgo para presentar esta patología incluyen factores culturales o familiares que sitúan la delgadez como patrón ideal, antecedentes familiares de trastornos alimentarios, antecedentes de violación o algún otro trauma importante, eventos estresantes como cambio de trabajo, separación, violencia intrafamiliar, etc., factores biológicos y predisposición genética”. Lo anterior, impulsa a la pregoréxica a practicar una serie de conductas lesivas, tales como: seguir dietas extremadamente estrictas, abusar de laxantes, ejercitarse de manera desmesurada, etc., ello con el propósito de subir la menor cantidad de kilos posibles.

Usualmente, quienes experimentan pregorexia ya sufrían de algún tipo trastorno alimentario antes de quedar embarazadas (anorexia, bulimia, trastorno por atracón, etc.). Sin embargo, la patología también puede manifestarse por primera vez durante la gestación. Al respecto, Gabriela Vargas, sicóloga de la Fundación Pesa Tu Vida, señala, “el perfil de quien tiene pregorexia guarda relación con las características típicas de aquellas personas que padecen de anorexia, y en el embarazo se produce una suerte de activación del miedo a subir de peso que, probablemente ya había afectado su vida con anterioridad. Pero la pregorexia también puede encontrarse en mujeres que no necesariamente tuvieron una anorexia previa”. Por su parte, Javiera Fuenzalida agrega que, “algunas mujeres con este diagnóstico tienen antecedentes de trastornos alimentarios, pero, la mayoría desarrolla el cuadro durante el embarazo”.

Conductas que encienden alarmas

De acuerdo con las profesionales, los síntomas y comportamientos que habitualmente manifiestan las pacientes con pregorexia, son los siguientes:

Poseen un temor exagerado a ganar peso.

Tienen excelente tolerancia al ayuno, por esa razón suelen saltarse las comidas o realizar dietas estrictas.

Su percepción de la propia imagen corporal es distorsionada.

Hacen ejercicio en exceso, ya que buscan quemar la mayor cantidad de calorías posible.

Evitan comer en público, negándose incluso asistir a reuniones sociales.

Utilizan métodos purgativos como la inducción al vómito o la ingesta de laxantes.

Cambian sus hábitos en torno a la comida: esconden los alimentos, comen en secreto, cortan la comida en trozos pequeños, ordenan los alimentos del plato, etc.

Esconden su cuerpo bajo ropa holgada, preferentemente de colores oscuros.

Se pesan varias veces al día.

Evidencian poco aumento o pérdida de peso durante el embarazo.

No hablan del proceso de gestación, o se refieren al embarazo como si no fuera real.

La mujer con pregorexia tiene dificultades para comprender que el feto en desarrollo tiene requerimientos nutricionales que son esenciales, demanda que abandona a cambio de obtener una figura delgada y mantenerse activa durante el embarazo. Aquella ecuación es tremendamente perjudicial en esta etapa, ya que el bajo consumo de los nutrientes puede ocasionar daños tanto para el hijo como para la madre. “El bajo incremento en el peso durante la gestación se relaciona directamente con el peso fetal, pudiendo provocar parto prematuro, determinar nacidos de bajo peso que tienen riesgo de presentar complicaciones post natales inmediatas como dificultad para regular la temperatura y glicemia por tener bajas reservas y poca grasa. Además, la pregorexia puede provocar patologías crónicas en la adultez del hijo, como síndrome metabólico, hipertensión arterial crónica y diabetes mellitus, entre otras”, precisa Fuenzalida. Desde el punto de vista de la madre, la pregorexia puede generar una disminución en la producción de leche, además de anemia, descalcificación, alteraciones hormonales, entre otras  secuelas.

Sanación integral

Como todo trastorno alimentario, el tratamiento de la pregorexia debe ser apoyado por un equipo multidisciplinario que involucre el esfuerzo mancomunado de un siquiatra, sicólogo, endocrinólogo y nutricionista, a fin de que puedan evaluar la gravedad del caso, orientar y acompañar a la paciente durante el embarazo. “Trabajar con la familia también es fundamental, es esencial que los cercanos puedan apoyar a la embarazada en el proceso, brindarle contención y acompañarla en la alimentación”, recalca la sicóloga Gabriela Vargas.

Toda mujer tiene que comprender que en la etapa de embarazo es absolutamente normal tener una ganancia de peso y que ese aumento corresponde al peso fetal, al de la placenta, del líquido amniótico y del circulante, de manera que no necesariamente corresponde a un incremento de la grasa corporal. En ese sentido, por regla general, una mujer que al momento de quedar embarazada tiene un peso normal, debiera subir entre 9 a 12 kilos, aquella que tiene bajo peso, entre 12 y 16 kilos, mientras que, quien al tiempo de embarazarse ostenta sobrepeso, no debiera exceder de los 7 a10 kilos. Toda paciente debe saber que existen rangos de alza de peso recomendados de acuerdo al peso previo a la gestación, y que debe mantener una alimentación saludable y balanceada para aportar los nutrientes mínimos que requieren tanto el feto como la madre.