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Manejando las pataletas

Destacado 1

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Imaginemos la siguiente situación: es viernes, tuviste un intenso día de trabajo y te juntarás con tu pareja a comer. Le pediste que se hiciera cargo de todo, imaginas un plato con tu comida favorita y flores. Llegas a su casa un poco después de la hora acordada para que tenga tiempo suficiente de tener todo listo, pero abres la puerta y encuentras el siguiente escenario: no hay flores ni comida; te dice que se atrasó y que decidas qué quieres comer para pedir por teléfono.

Te da rabia, te entristeces, tenías una expectativa y no la cumplió, había un compromiso y fue pasado a llevar. ¿Es terrible? No, claro que no, pero te enojas y lo expresas, te quedas callada y rígida, estás frustrada. Tu pareja se acerca, te explica con calma y amor por qué no pudo cumplir, te da un espacio para respirar, y vuelves a la calma. Eso es lo que podríamos llamar una pataleta en un adulto, y si nosotros podemos hacerlas, ¿por qué los pequeños no?

Muy a menudo me hago esta pregunta, pues me llama la atención cuánto le exigimos a nuestros niños y cuán poco críticos y conscientes somos de nuestros propios actos. Los menores deben entender las razones de los adultos y acatar órdenes sin opinar, tienen que calmarse solos, compartir sus juguetes con desconocidos, no tener miedo ni enojarse. ¿No serán muchas exigencias? Yo al menos creo que sí. Les demandamos autodisciplina y regulación; sin embargo, muchas veces nosotros mismos no sabemos hacerlo. Pero tranquilos, en el desafiante proceso de criar, no solo aprenderán nuestros niños, sino que también lo haremos nosotros.

A continuación, compartiré con ustedes algunas ideas sobre la crianza respetuosa, el desarrollo de la autodisciplina y la gestión de las pataletas. Me imagino que les llamará la atención el uso de la palabra ‘gestión’, dado que generalmente tendemos a buscar la eliminación de estas; no obstante, la propuesta que les haré concibe la ‘pataleta’ como la expresión de una frustración. Podemos regularlas, manejarlas, hacerlas más o menos sanas, pero no erradicarlas, puesto que siempre existirán situaciones que nos harán sentir frustrados y enojados.

El castigo no es lo mismo que una consecuencia. Estos no son resultado de una acción, sino una sanción impuesta por otros que no se relaciona con la conducta ‘penalizada’; por ejemplo, dejar a nuestro hijo sin postre porque no hizo la tarea. Las consecuencias emanan directamente de los actos. El niño aprende -desde la experiencia- las consecuencias naturales o lógicas de sus actos, así se podrá hacer responsable de sus acciones. Los castigos generan que los menores estén en permanente estado de alerta.

El estrés es enemigo de la autodisciplina. Estar permanentemente en estado de alerta produce estrés y la secreción de una hormona llamada cortisol, muy dañina para el organismo cuando aumenta de manera sostenida. La base de la autodisciplina es un funcionamiento cerebral sano, que permite que los niños estén en modo de recepción al aprendizaje y no a la defensiva frente al posible temor o humillación.

Promover la autonomía y acompañar en los desafíos. Es necesario permitir aprender de la experiencia aun cuando esta genere algo de desorden. Por ejemplo, podemos dejar que los niños rieguen las plantas y enseñarles a secar si es que el agua cae fuera del macetero. En estas experiencias hay aprendizaje significativo y la posibilidad de hacerse responsable (que el infante seque cuando moje). También aparecerá la frustración y, cuando se haga presente hay que acompañar con cercanía, palabras simples y empáticas.

Validar las emociones. La rabia y la frustración muchas veces nublan, por eso es fundamental que alguien ayude a identificarlas. Es esencial hacerlo de forma verbal explícita, describiendo la situación sin juzgar. Este reconocimiento emocional es constructivo y resulta ser doble, puesto que el niño le pondrá nombre a lo que siente y paralelamente se sentirá reconocido y acogido en su sentir.

No perder la calma. Para tranquilizar a un niño y acompañarlo en la gestión de su pataleta, los adultos también debemos estar en calma. Durante la primera infancia se aprende con el ejemplo mediante la observación; por lo tanto, si el adulto grita el niño hará lo mismo. Intenten hablar en un tono firme y suave a la vez, y si sienten que perderán el control, tómense un minuto para volver a su centro.

Las ideas compartidas con ustedes son solo reflexiones y orientaciones generales, son un primer elemento para comenzar a pensar en nuevas formas de disciplina más cariñosas, constructivas y respetuosas de nuestros hijos. Recuerden que nada de lo que está en estas líneas pretende resolver todas las dificultades, pues cada menor es un mundo y cada adulto es otro planeta.

Por Sofía Hales Beseler
Sicóloga clínica infantil
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