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Difícil conversación: la muerte y los niños

Destacado 1

Hablar sobre esto no es algo habitual, sino todo lo contrario. En nuestra cultura tendemos a evitar este tema, parece demasiado triste y oscuro como para que sea algo de lo que espontáneamente decidamos conversar. Y si entre adultos lo evitamos, hacerlo con los niños parece algo aún más escalofriante.

Por Sofía Hales Beseler
Sicóloga clínica infantil
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Todos, en algún momento de nuestras vidas experimentaremos la pérdida de alguien que amamos. Si bien nunca estaremos lo suficientemente preparados ni podremos evitar la tristeza ni el dolor, sí es necesario desarrollar algunas acciones hacia los más pequeños que, al menos, sitúen a la muerte como un evento natural del que podemos hablar y que no está vetado.

En las experiencias cotidianas con menores nos encontramos con situaciones que pueden dar pie para hablar de la muerte. En las películas infantiles, por ejemplo, hay personajes que mueren y nos muestran el fallecimiento como algo irreversible. De esta manera, hablar sobre la muerte de un personaje puede ser un primer paso.

Lo mismo sucede con la muerte de un animal. Por ejemplo, que una mariposa o un caracol dejen de existir puede servirnos para mostrarles a los niños qué pasa cuando dejamos de vivir, podemos enseñarles que ya no hay movimiento ni respiración. Cuando perdemos una mascota con la que nuestro hijo tenía un lazo afectivo es importante explicarles qué sucedió y hacer un rito similar a un funeral.

Estas pequeñas experiencias nos aproximan a la situación de pérdida, y aun cuando no es lo mismo que vivir el duelo de alguien significativo, sí nos abre puertas para dialogar y asumir la muerte como un hecho de la vida. Así, nos vamos preparando -niños y adultos- para hablar de nuestras emociones, especialmente de aquellas que catalogamos como difíciles: la rabia, la pena y el miedo.

El procesamiento de la pérdida dependerá de muchas variables; sin embargo, hay elementos generales que es fundamental considerar para acompañar a un niño que pierde a un ser querido.

Lo primero es la necesidad de que alguien escuche y acoja sus preguntas, pues la muerte ya es un hecho y silenciarla no hará que no exista, sino que solo generará más y más preguntas, y más y más angustia. Además, los menores tienen una gran capacidad para imaginar y tienden a ‘rellenar la realidad’ cuando no encuentran respuestas que les den seguridad.

Es esencial dar respuestas honestas, y lo más claras posibles; y si frente a alguna consulta no es factible contestar, lo mejor es decir: “no sé, pero lo averiguaré”. En niños de entre 3 y 5 años el mundo aún es mágico, la muerte es reversible como en los cuentos, por eso será necesario darle muchos ejemplos concretos de la vida cotidiana (como la mariposa o el caracol).

En menores un poco más grandes, hasta los 7 años, la muerte ya aparece como algo concreto y real, y es muy probable que surjan variadas interrogantes sobre el funeral, el cuerpo y los detalles del fallecimiento. Hay que responder con la verdad, pero sin detalles innecesarios.

Asistir al funeral o al rito que se lleve a cabo siempre es bueno y recomendable, porque les permite a los niños ser parte de lo que está sucediendo y comprender desde la experiencia; sin embargo, nunca debemos obligarlos. En el caso de que un menor quiera asistir, es fundamental contarle antes qué es lo que sucederá, cómo será el lugar, quiénes estarán y qué puede hacer si se siente incómodo.

En el caso de la muerte del padre o la madre, esta generará una sensación de caos y desorden, el mundo se vuelve inseguro en el imaginario de la infancia. Por eso, en primer lugar, es necesario intentar conservar, pese al acontecimiento, la rutina diaria como, por ejemplo, mantener la hora de acostarse, de hacer las tareas, las visitas a la familia o comer. Así, aun cuando hay cambios evidentes, al menos habrá ciertas variables que se mantienen, generando una sensación de seguridad y certeza.

Un segundo elemento es la necesidad de contención emocional. Frente a la tristeza es necesario acogerla y escucharla, no hay que negarla ni anularla; lo mismo pasa con la rabia. Es probable que a veces los adultos experimentemos temor cuando un niño llora, también da pena y no sabemos qué hacer. Con frecuencia este temor nos lleva a generar ‘la conspiración del silencio’; es decir, aquí no ha pasado nada, todo debe seguir avanzando y hay que guardar u ocultar lo que sentimos. Sin embargo, las emociones siempre encuentran un modo de manifestarse y como adultos tenemos la responsabilidad de acompañar a nuestros hijos a expresarlas y vivirlas del modo más sano posible, escuchando su voz y validando lo que sienten.

Sofia Hales