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Desarrollo emocional

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Por Sofía Hales Beseler
Sicóloga clínica infantil
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Hace al menos un par de meses se ha visibilizado en medios de comunicación masiva la idea de legislar sobre educación emocional en contextos educativos. En términos generales, lo que se busca es diseñar una ley que regule que en los establecimientos educacionales se integre en el currículum la educación de las emociones, bajo el supuesto de que el desarrollo cognitivo y los aprendizajes académicos formales van de la mano de uno emocional sano y armónico.
Obviamente estoy de acuerdo, es imperativo y necesario. Así lo indica la evidencia científica, y en lo que compete a mi experiencia profesional como sicóloga, puedo dar fe de que el reconocimiento oportuno de las emociones, así como su expresión asertiva y sana, tanto de niños como de adultos, resuelve una multiplicidad de dolores del día a día.
Me sumo con toda mi convicción y pasión a esta tarea de lograr una ley de educación emocional; sin embargo, me parece que dejar esta labor solo a los contextos educativos es un poco egoísta, puesto que el rol de las familias es fundamental en el desarrollo emocional de los menores, pero es una tarea grande y difícil.
A nosotros, los ‘adultos’, nos cuesta hacernos cargo de nuestras emociones, expresarlas con claridad y vivirlas sanamente como parte de la vida. Aunque suene cliché, nadie nos enseña a ser padres y madres, muchas veces es un desafío que nos desborda y le pedimos a nuestros hijos que no lloren, que no se enojen, que no sientan miedo y que, si están felices, se rían ‘bajito’ para no hacer ruido. Les pedimos que compartan con desconocidos sus juguetes sin quejarse, como si fueran un bien comunitario; no obstante, entre adultos pedimos por favor y tenemos la posibilidad de decir que no.
Quizás me estoy yendo por las ramas, pero cuando se trata de niños y emociones se despierta toda mi pasión, y todo lo que sea posible decir me parece relevante y necesario.
Pero volviendo al tema que nos convoca: la educación emocional es un bien que nos requiere a todos, no solo a los docentes, puesto que esta se inicia desde el primer día de vida y muy probablemente desde antes. Familias y espacios educativos deben tomarse de las manos y hacer cadenas infinitas de amor, quizás debería existir una ley de educación emocional familiar, pero mientras esto no suceda, debemos aprovechar estos espacios para aprender en conjunto, por nuestros niños y por nosotros, los adultos.
Durante los primeros 6 meses de vida, las neurociencias señalan que el cerebro de los infantes funciona básicamente orientado a la supervivencia, buscando la satisfacción de necesidades básicas como alimentación, protección y seguridad. Alrededor del mes y medio de vida se activa el sistema límbico vinculado estrechamente con las emociones, por lo tanto, ellos comenzarán a sonreír y a buscar interacción social con aquellos que satisfacen sus necesidades fundamentales. En esta etapa, los adultos significativos tenemos la tarea de centrarnos en entregar respuestas oportunas y sensibles a las necesidades fisiológicas y emocionales. Esto quiere decir, alimentar cuando aparezca el hambre, abrazar cuando sientan miedo o tristeza, cambiar los pañales cuando estén mojados. Esto generará una sensación de seguridad y bienestar pleno, y los niños se sentirán amados y valorados, lo que a su vez posibilita el desarrollo del amor propio. Su energía estará orientada a crecer y no a sobrevivir.
Entre los 6 meses y el año y medio de vida, es esencial que los adultos a cargo seamos capaces de leer emocionalmente a nuestros hijos, tenemos que estar cerca y atentos a sus reacciones frente a ciertos eventos, puesto que así interpretaremos mejor lo que nos quieren decir.
La prioridad emocional en este periodo es la contención emocional cuando algo no resulta como ellos esperan. Como aún son muy pequeños, es fácil que se desborden y sean invadidos por emociones como el miedo y la rabia, esto hace que se agoten y que se generen círculos viciosos, pues se activan procesos químicos que perturban el bienestar. La tarea de los adultos es abrazar y ayudarlos a regularse, no dejarlos solos esperando que se calmen ‘solitos’, puesto que eso únicamente provoca más desesperación y desesperanza, además de ser biológicamente imposible.
Entre el año y medio y los 3, los menores inician un proceso de progresiva autonomía, ya caminan y tienen manejo de algunas palabras, pueden conquistar el mundo y expresar más claramente sus opiniones. Sin embargo, aún necesitan contención y seguridad, especialmente cuando el mundo los hace sentir en peligro.
En esta etapa es fundamental que los adultos significativos estén disponibles cuando ellos cesen su exploración; es decir, es necesario que tengan la certeza de que siempre habrá alguien que los acompañará cuando se sientan asustados, con tristeza o frustración. Será importante, también, responder a sus primeros requerimientos de atención, pues muchas veces los ignoramos y aparecen expresiones desreguladas, ya que es el único modo de que el adulto responda a lo que necesita. Esto no es un capricho, sino el modo en que nosotros le hemos enseñado a comportarse.
Entre los 3 y 5 años, la autonomía y necesidad de independencia es aún más evidente, pero todavía necesitan el cariño y contención de los adultos. La independencia no es sinónimo de que deban regular sus emociones de manera solitaria, ya que continúan necesitando un adulto que los acompañe, especialmente cuando se enfrentan a la rabia. Aprovechando el mayor desarrollo del lenguaje, será útil y necesario que estos nombren la ira y la validen, entregando opciones para expresarla que sean cada vez más sanas y constructivas.