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Déficit atencional en niños

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Tener un hijo con Déficit Atencional no es fácil. Menos si uno como niño no lo sufrió, si no que al contrario, fue buena alumna, preocupada de sus tareas, autónoma (no quiero decir que fui una santa, pero en general, no di mayores problemas a mis padres en ese sentido).

Cuesta, no sólo desde el punto de vista académico, lo cual requiere de muchísima paciencia –y tiempo-, pues un niño con este trastorno se puede levantar 10 veces de la mesa antes de concluir algo, ya que se distrae con un camión que pasó por la calle y quiere mirarlo por la ventana, porque en el departamento de al lado tocaron el timbre y quiere saber quién es, o porque justo le dieron ganas de ir al baño o hambre; sólo por nombrar algunas de las interferencias que se presentan para concluir una tarea que no requiere de más de 15 minutos.

Pero esa es la primera parte, la segunda es lograr la concentración, que se siente derecho y que tenga todos los útiles a la mano (pues siempre falta la goma, el sacapuntas, el lápiz, el estuche, etc. Esto obviando que, incluso, a veces no trae el cuaderno correcto o no sabe la página que debe completar).

En tercer lugar viene el darse cuenta –uno como padre o madre- de que en verdad muchas de las cosas que está leyendo o desarrollando tu hijo, las está entendiendo igual como si a uno le pasaran un texto en chino mandarín… algunas las podemos inferir por el contexto o porque en alguna parte las hemos escuchado, ¿el resto? Un misterio.

Mantener la calma frente a ello, sobre todo cuando son operaciones simples o lecturas ya repasadas, es realmente un gran esfuerzo (yo creo que muy pocas veces lo he logrado). No es inusual pensar que tu hijo lo está haciendo a propósito, para molestarte y llamar tu atención, sin embargo, con el tiempo, te das cuenta de que él tampoco lo pasa bien y es una gran angustia no cumplir las expectativas.

Uno se cuestiona más allá de la nota final (lo cual tampoco es menor, ya que nadie quiere tener un hijo “porro”), sino también en cómo entregarle las herramientas para que sea más independiente, cómo aminorar la angustia de que si uno no se sienta con él en la mesa, quizás no termine la tarea ni estudie para la prueba. Incluso evitar proyectarse y decir ¡qué será de él!

En mi caso, esto se remonta a cuando mi hija, que actualmente tiene 8, tenía 2. Desde esa edad yo como mamá sabía que “algo” tenía. No cantaba canciones como mi hija mayor, habló bastante tarde, no se sentaba ni 5 minutos  a ver TV, pintar o a realizar cualquier actividad que requiriera concentración, pero por más que yo  preguntaba a las tías del jardín infantil y luego a las misses del colegio, siempre recibía la misma respuesta: “Sí, es un poco inquieta y distraída, pero no para pensar en SDA o hiperactividad”.

Así llegó a 1° básico, donde a propósito de otros temas personales decidí llevarla a la psicóloga y pedirle (majaderamente) que le hiciera una psicometría para evaluarla. Diagnóstico: déficit atencional sin hiperactividad.

Sin duda que el instinto materno siempre hay que tomarlo en cuenta, pues a veces puede ser demasiado tarde. En mi caso no lo fue y la derivaron al neurólogo, donde me enfrenté a la decisión de hacerla tomar medicamentos. “Es un tema de maduración”, “para qué empeparla tan chica”, “ya se le va a pasar”,  así recibí un millón de consejos e historias, pero yo quería solucionar el problema de fondo y de forma. No quería que mi hija creciera sus primeros años de escolaridad con baja autoestima, comparándose con su hermana que es buena alumna, y que pensara que era tonta (como me lo dijo más de una vez), pero tampoco estaba dispuesta a pasar por horas y horas de peleas y desgaste emocional y físico, sentada en una mesa frente a torres de cuadernos incompletos… ¿hasta cuándo? ¿4° medio? ¡Imposible!

El remedio diario de lunes a viernes, el estar en sintonía con el colegio, la sicoterapia, y el estimular su autoestima, autoconfianza  e independencia, hicieron que el año pasado subiera el promedio en 5 décimas y se ganara el premio al esfuerzo. Vino el verano y en muchas cosas hubo retrocesos, pero estoy consciente de que todavía falta un largo camino por recorrer y mucho que corregir.

Estamos recién empezando, pero lo importante es no hacer oídos sordos. El Déficit Atencional, con o sin hiperactividad, es un trastorno que, al igual que cualquier otra enfermedad, requiere tratamiento, en muy pocos y excepcionales casos se pasa solo. Es más, existen altas probabilidades de que si no se diagnostica y asiste, se llegue a ser un adulto con Déficit Atencional, donde las consecuencias, pueden ser mucho peores que una mala nota.