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Crianza y niños felices: herramientas para la vida

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Existen tantos tipos de padres como maneras de educar. Basándose en las últimas investigaciones a nivel mundial, M&B conversó con una dupla de expertas en psicología positiva, quienes nos orientaron acerca de las armas más efectivas para ayudar a nuestros niños a transitar por el camino de la felicidad.

Por: Catalina Ábalos L.

La respuesta es universal. Si preguntamos a los millones de papás a lo largo del globo, independiente de su nacionalidad, cultura o religión sobre qué desean para sus hijos, todos contestarán invariablemente lo mismo: que sean felices.

En el medio híper conectado y exigente en el que vivimos, donde los índices de depresión infantil y adulta crecen exponencialmente, pocos progenitores tienen una idea clara de cómo conseguirlo.

Con tanta información – muchas veces contradictoria- disponible, los padres terminan con la incómoda sensación de no saber bien qué hacer al respecto.

Afortunadamente, este tema ha captado la atención de varios de los científicos, psicólogos, psiquiatras e investigadores de las instituciones más prestigiosas del mundo, quienes han observado de cerca cómo el estilo de crianza modela progresivamente la personalidad de los niños.

Estudios como el innovador Grant Study de la Universidad de Harvard, sumados a la corriente de psicología positiva de la mano del doctor Martin Seligman y Angela Duckworth en la Universidad de Pensilvania, contribuyen a aclarar qué tipo de experiencias infantiles los hará felices tanto ahora como en la adultez.

Conectarse con otros, jugar echando a volar su imaginación, marcar límites claros, fomentar sus intereses y habilidades son parte de las recomendaciones en que los expertos coinciden.

El poder de la familia y las relaciones

Somos seres sociales, qué duda cabe. Lorena Zamora, psicóloga de la Universidad Andrés Bello, directora del Instituto del BienEstar y profesora de psicología positiva en la Universidad Adolfo Ibáñez, recalca la importancia de este punto: “Debemos enseñarles a nuestros niños a construir vínculos saludables desde pequeños. Ello porque son una fuente clave de apoyo, afecto y construcción de comunidad. Un pequeño que va al jardín infantil y a la plaza, que ve cómo sus padres reciben amigos en la casa y visita otros lados, se transforma en una persona que disfruta interactuando socialmente. Además, desarrolla la empatía, junto con el espíritu de colaboración y bienestar comunitario”.

Con respecto a este último punto, la especialista señala que acciones como enseñarles a reciclar, regalar juguetes en buen estado que ya no usen, o que ayuden con tareas simples del hogar son maneras de crear esta sensación de comunidad.

Mención aparte merece la familia. Según la docente: “Deben predominar las emociones positivas como la alegría, esperanza, generosidad y optimismo, ya que nos conectan con las cosas y experiencias que nos hacen bien, generando un espiral ascendente de bienestar”.

La psicóloga también hace un llamado a los padres. “El primer requisito para una crianza saludable es mirarnos a nosotros mismos, haciéndonos cargo de nuestra propia felicidad. Ello implica actuar frente a las áreas que nos preocupan como, por ejemplo, un trabajo que nos estresa, haciendo algo al respecto. Paralelamente, acercarnos cada vez más a lo que sí nos hace felices”.

Agradecer, agradecer

Para cultivar la gratitud, al principio es necesario cambiar nuestro foco de atención hacia lo positivo, lo que funciona, lo que tenemos, lo que resulta, lo que nos gusta, lo que nos puso contentos…

Magdalena Cruz, psicóloga infantil, miembro del directorio de la Fundación Cuida Futuro y certificada en Psicología Positiva en The Flourishing Center (Filadelfia, EE.UU.), explica que “muchas veces estamos rodeados de momentos rebalsados de experiencias positivas que no aprovechamos en su totalidad por el solo hecho de no tomar conciencia, conectarnos y detenernos a dar las gracias por lo que ocurrió. La vida en ‘piloto automático’ no ayuda a desarrollar la gratitud, porque nos mantiene funcionando desconectados emocionalmente de las vivencias”.

En el caso de los más pequeños afirma: “Es importantísimo enseñarles a los niños a practicar la gratitud. En la medida que esta se ejerce se va haciendo parte de nuestra vida y nuestra manera de funcionar. Ser agradecidos nos llena de beneficios, conectándonos con experiencias que promueven emociones positivas tales como la alegría, goce, asombro, tranquilidad y amor. El ejercicio de la gratitud fortalece la felicidad”.

La terapeuta propone ejemplos sencillos y efectivos, como preguntarles a nuestros hijos mientras comemos qué fue lo que más les gustó de ese día, qué los puso contentos, qué cosas les resultaron… Una vez detectado el momento, enseñarles a dar las gracias porque eso sucedió.

En caso de que al menor le resulte difícil reconocer las experiencias, podemos ayudarlo dándole un significado positivo a aquellos instantes que vivió. Decirle, por ejemplo: “Vi que te pusiste muy contento cuando lograste armar la torre completa de legos… Vamos a dar las gracias porque te resultó”.

Otro ejemplo más sencillo es el simple comentario que puede hacer un adulto al abrir las cortinas en la mañana de un domingo que van de paseo, diciéndoles a los niños: “Miren para afuera, hay un sol precioso… ¡qué suerte tuvimos del día que nos tocó!”. Aún más simple, invitarlos a prestar atención a la experiencia de comer un rico helado, sentir su sabor y disfrutarlo.

“No se trata necesariamente agradecer a alguna persona en particular de manera dirigida, sino del solo hecho de recibir lo vivido como un regalo, como un reconocimiento de lo que valoramos y lo que nos hace feliz”, concluye Magdalena.

Sí a la rutina

Entre los 3 y 5 años los menores están en pleno desarrollo de la regulación emocional, encontrándose muy interferidos por sus impulsos. Por lo mismo, es esencial que cuenten con un ambiente bien establecido que les brinde contención, ayudándolos a ordenar su mundo interno.

Recordemos que los niños no nacen autorregulados, somos los adultos que por medio de rutinas, hábitos y horarios vamos permitiéndoles organizar sus experiencias, sobre todo si se trata de necesidades básicas como alimentación, sueño y actividad física.

La psicóloga Magdalena Cruz lo ejemplifica: “Si un niño duerme siesta todos los días después de almuerzo, estará más descansado para jugar en la tarde, sus sentidos estarán más alerta, y probablemente le resultarán mejor las cosas. Luego, en caso de que se presente algún inconveniente con un hermano por un juguete, probablemente su capacidad de tolerancia a la frustración en ese momento también será mejor”.

En caso de eventualidades donde sea difícil mantener la rutina como, por ejemplo, celebraciones o fiestas de fin de año, la experta recomienda “explicarle lo que está pasando, tratando de anticiparle lo que ocurrirá, de manera que él también pueda prepararse mentalmente al cambio de plan”.

¡A jugar!

Los pequeños proyectan y expresan su mundo interno en los juguetes y juegos. Cuando jugamos con ellos, vamos al encuentro del mundo infantil, teniendo la oportunidad conectarnos con sus intereses, fantasías y deseos.

“Los espacios lúdicos generan instantes de conexión con nuestros hijos. No se trata de pasar horas jugando, a veces pueden ser momentos cortos -inclusive minutos- pero de calidad. Esto significa no distraerse con el celular o el computador, agacharse o tirarse al suelo para estar a la altura de él, mirarlo a los ojos, preguntarle a qué está jugando o a qué le gustaría jugar… Si esto se logra, se genera una experiencia absolutamente enriquecedora para ambos” sostiene la psicóloga Magdalena Cruz de Fundación Cuida Futuro.

Para el niño es especialmente importante porque “queda registrado en su mente como una instancia de entretención y goce. Este registro de momento feliz funcionará como refugio emocional ante los tiempos difíciles”, destaca la especialista.

La directora del Instituto del BienEstar, Lorena Zamora, recalca también que: “El juego es fundamental porque conecta a los chicos con la creatividad y la resolución de problemas, ambas herramientas muy útiles para la vida”.

Ensayo y error

La imagen es un clásico. Primero el niño intenta andar en un triciclo, luego pasa a una bicicleta con rueditas, para más tarde “graduarse” como ciclista sin necesidad de soporte alguno. Lo que no se muestra es que para conseguir se objetivo, el menor intentó una y otra vez, cayéndose varias veces en la prueba. Ese caerse para volver a levantarse es algo bueno y esperable.

“Durante años se ha hecho énfasis en el resultado, el logro. Lo que muchos olvidan es que es justamente en el proceso donde más se aprende, ya que ahí tenemos experiencias de éxito y fracaso, de donde sacamos aprendizajes y lecciones. El llamado para criar niños felices es invitarlos a atreverse y esforzarse, promoviendo el disfrute de la práctica. Solo así tendrán un mayor repertorio de recursos”, dice Zamora.

Magdalena Cruz enfatiza este punto: “En la medida que un menor se da cuenta que tiene espacios para desarrollar sus habilidades, pero que, ante cualquier inconveniente cuenta con un apoyo seguro, será capaz de intentarlo la próxima vez, fortaleciendo su autonomía y autoestima”.

PERO… ¿QUÉ PASA CON LAS EMOCIONES NEGATIVAS?

La psicóloga Lorena Zamora explica que no debemos negar las emociones negativas en los niños como la pena, rabia y el miedo, que inevitablemente aparecen en determinados minutos. “Las emociones tildadas de ‘malas’ tienen un rol importante en la historia de la humanidad, relacionado con la protección y la sobrevivencia. Nos movilizan. Por ejemplo, si estamos en una calle oscura nos puede asustar caernos, sufrir un asalto, etc. Ese mismo temor nos hace buscar una ruta más conveniente”.

La académica brinda otro ejemplo relacionado con los menores. “En el caso de un niño de 3 años que llora -puede ser de pena o de rabia-, hay que ayudarlos a distinguir y gestionar sus sentimientos. De esta manera, podemos decirle: “Parece que estás triste porque tu hermano no te prestó su juguete”. Con solo verbalizarlo y darse cuenta de lo que le pasa, contribuimos a regularlo emocionalmente”, concluye.

LECTURAS RECOMENDADAS 

“Niños Optimistas” (Martin E.P. Seligman)
“Cuentos para educar niños felices” (Begoña Ibarrola)