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Creando familias

Antes del embarazo

Hace muchos años, cuando hacía la especialidad en ginecología, tuve la suerte de realizar una pasantía en un centro donde se hacía fertilización in vitro. Me bastaron unos pocos casos para entender el carrusel emocional que vivían las parejas que se sometían a los tratamientos. Empaticé fuertemente con la angustia y el dolor que sentían y supe que mi labor como médico sería acompañarlas y ayudarlas a realizar la dura travesía.

Dr. Guillermo Durruty Velasco
Especialista en medicina reproductiva y endometriosis de clínica Monteblanco
www.guillermodurruty.cl

Recuerdo vívidamente el primer test de embarazo positivo luego de uno de estos tratamientos. Fue una emoción tan intensa que me convencí de que mi futuro estaría en hacer vida a través de la magia de esta técnica.

En julio de este año se cumplen 40 años del nacimiento de Louise Brown, primera guagua concebida en forma artificial. No dejo de estar agradecido de los pioneros de esta técnica que han permitido la vida de millones de niños y la consolidación de muchas familias.

Como muchas mujeres, la mamá de Louise Brown sufría de graves problemas de fertilidad: tenía un defecto en sus trompas de Falopio que hacía imposible lograr una gestación de manera natural. Después de 9 años de intentarlo sin éxito, esta pareja inglesa se reunió con los doctores Patrick Steptoe y Robert Edwards, quienes investigaban hace más de 20 años la forma de conseguir una gestación en mujeres con problemas de fertilidad similares a los de Lesley, madre de Louise.

Ellos lograron unir, en un laboratorio, los óvulos de Lesley con el esperma de John. Una vez formado el embrión, lo introdujeron en el útero de la madre, quien con muchas expectativas y esperanzas, comprobó unas semanas después lo que tanto tiempo esperaba: el embarazo de su primera hija.

Este procedimiento fue llevado en el más absoluto de los secretos, incluso, el día del nacimiento de Louise, los médicos realizaron la cesárea en la más completa oscuridad, solo con la ayuda de una linterna, y la clínica donde nació la pequeña Louise fue custodiada por la policía.

Hoy esta técnica se ha convertido en el tratamiento estrella de los centros de fertilidad en todo el planeta. Progresivamente pasó de ser un tema tabú a ser un procedimiento conocido, difundido y ampliamente aceptado.

Recuerdo el caso de Pamela, quien debido a un cuadro de tuberculosis genital y tras dos cirugías, perdió ambas trompas, siendo aún soltera, en sus ‘20’ y sin hijos. Cuando se emparejó, tuvo la fortuna de poder acceder a la fertilización in vitro, de donde salieron sus dos hijos, hoy grandes y sanos.

Desde el primer caso ya narrado ha habido múltiples avances, donde hemos aprendido a fecundar mejor los óvulos, a cultivar y congelar embriones, óvulos y espermatozoides y a hacer estudios genéticos, entre muchas otras mejorías. Pese a este gran desarrollo técnico, estamos muy lejos de una eficacia total.

Y así como recuerdo el lindo caso de Pamela, no olvido a muchas parejas que, pese a los esfuerzos, no lograron tener hijos. Para ellos el reconocimiento a su sufrimiento que me recuerda diariamente la importancia de la humildad.

Han pasado 20 años desde que completé mi formación en medicina reproductiva en París, he atendido cientos de casos y aún persiste la emoción de los test positivos al punto de sentir ‘piel de gallina’ con cada resultado, emoción solo superada por el sentimiento de plenitud que siento el día del nacimiento de estos niños tan deseados. El final de esa jornada tiene un sabor a triunfo muy difícil de explicar.

Agradezco a la fertilización in vitro la posibilidad que me ha dado de hacer vida y construir familias.

doctor