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Cómo fomentar la sana competencia

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Por Fernanda Ruedi Zalaquett

Al verse enfrentado a otra persona, el niño siente la necesidad de definirse y validarse, y una forma de hacerlo es por medio de la competencia. Esta es natural y saludable, y solo deja de serlo cuando se enfoca en destruir al otro.

El mundo de hoy es muy competitivo, se busca ganar en todos los ámbitos, ser el primero y obtener lo mejor, por lo que la competencia es un tema que produce gran interés y preocupación a la hora de pensar en la educación que queremos entregarles a nuestros hijos.

En general, el ser humano tiene el afán permanente de medirse en relación a otro; se enfrenta a situaciones competitivas en la casa, el colegio, la empresa, la comunidad, etc. Esto también puede responder a la necesidad de sentirse reconocido, valorado y aceptado por los demás. Ahora bien, es importante que los niveles de competitividad no lleguen a ser exagerados, puesto que esto conllevaría a vivir siempre en función de los demás.

Respecto de los niños, es natural que ellos compitan por el cariño y atención de los padres y profesores; sin embargo, suele ocurrir que tanto los papás como los educadores comparan el comportamiento de un menor con otro. Según la sicóloga clínica Ximena Zalaquett, “esto no es recomendable, debido a que esta conducta es imitada y aprendida por los niños y desde muy temprana edad. La competencia debe ser entendida como el uso de habilidades y destrezas para competir con posibilidades de alcanzar un logro, y no como una práctica de medición con otro, esto ya se acerca más al concepto de rivalidad, que es justamente lo que no queremos enseñar a nuestros hijos”.

Es fundamental prepararlos para que puedan desenvolverse cómodamente, y acompañarlos en las vivencias de victoria y también en las derrotas. La competencia debe ir acorde a la etapa de desarrollo en la que se encuentran, y tener mucho ojo en no exigirles más de lo que ellos están capacitados para dar, acelerando los procesos naturales del desarrollo, lo que puede desencadenar sentimientos de frustración y en algunos casos síntomas de estrés. La competencia entre niños es positiva cuando observamos que disfrutan y sienten placer, y cuando existen estos sentimientos, aprender es más entretenido, lo que genera posibilidades competitivas favorables. Aquí, nuestro objetivo principal es ayudarlos a descubrir estrategias, buscar un fin y cómo alcanzarlo, enseñarles que existe otro y que se le debe respetar para alcanzar un logro, aprendiendo a compartir un espacio para la creatividad y el goce. Además, animarlos a aumentar su tolerancia a las frustraciones, a aceptar un no, a pedir y expresar emociones y a decir que no, los beneficiará para encarar su vida más adaptativamente.

“Muchas veces se piensa que los menores compiten para llamar la atención de los adultos y en general no es así. Lo hacen para validarse a sí mismos y es saludable que esto ocurra, pero cuando un niño compite todo el tiempo y por todo, es probable que tras este afán se esconda una inseguridad importante y una falta de tolerancia a la frustración, que no le permite al pequeño competir de forma sana ni estar tranquilo con quien es”, afirma Javiera García-Huidobro Arriagada, sicóloga clínica infanto-juvenil. En este punto, agrega que los niños compiten principalmente por dos razones: por el afecto de otro (un amigo, los padres, etc.) o por algo concreto (notas, objetos materiales, juegos, deportes). La competencia es parte del desarrollo y es básico que los niños puedan y quieran hacerlo, pero es igual de importante que puedan aceptar no ganar. El tolerar la frustración es algo que se va desarrollando a medida que el infante crece y que ya debiese estar medianamente instalado al entrar en el primer ciclo escolar (7años).

El deporte y el juego
En el deporte se evidencia la importancia que tienen los entrenadores para potenciar valores positivos relacionados con la competición y cooperación. Según investigaciones, esta última (más que la competencia como tal) genera que los niños se desenvuelvan mejor, logren buenas notas, aumenten su autoestima y se aprecien más unos a otros. Los estudios especializados en el tema, sostienen en su mayoría que quienes tienen mayor éxito en la vida personal no son, generalmente, los mejores de la clase o en el deporte. Sí aquellos que establecen relaciones sólidas, comprenden la incidencia de trabajar en equipo y son capaces de motivarse aún en situaciones difíciles.

Además de los deportes, el juego es un canal esencial de expresión infantil, aprenden roles, se relacionan con otros, disfrutan, se entretienen, y también les enseña a adaptarse a un mundo competitivo, donde ganar y perder forman parte de su crecimiento. De una manera lúdica irán descubriendo sus habilidades y destrezas, aprendiendo paulatinamente a disfrutar de sus objetivos cumplidos, pero también a manejar sus frustraciones. Es importante que desarrollen su propio sentido del logro, que sepan gozar sus triunfos y aprender de sus derrotas.

Cuando compite, el niño, en general busca el reconocimiento y el refuerzo, por lo que los adultos debemos ser cautelosos de recalcar más que el logro obtenido, su esfuerzo y sus habilidades, atendiendo al mismo tiempo sus debilidades, ayudándolo a fortalecerlas en beneficio del desarrollo de su autoestima, seguridad y valor de sí mismo.

Algunas recomendaciones
La sicóloga Ximena Zalaquett sostiene que para favorecer una competencia sana y contribuir al desarrollo de la autoestima es importante evitar las comparaciones, recordarle que puede hacer bien las cosas (especialmente cuando siente que todo le sale mal), no recordar ni enfatizar continuamente lo malo que ha hecho o hace las cosas, demostrar interés en cómo se siente, lo que le pasa, sus intereses, etc., valorar sus esfuerzos, más que sus logros, hacerle ver que no todo lo que se hace puede ser perfecto, y sobre todo no etiquetarlos, con frases como “eres malo para los idiomas”, ya que esto es una carga que provoca mucha presión. También es fundamental no criticarlos ni retarlos frente a otros y tener mucho ojo con las altas expectativas, porque provocan mucha frustración en el niño que no puede cumplirlas.

Competencia negativa v/s positiva
La competencia es positiva si es considerada un medio y no un fin. Es decir, cuando busca el crecimiento del niño, adecuado para su etapa de desarrollo, cuando contempla exigencias apropiadas (ningún menor es igual a otro), y no pretende un alto rendimiento, sino que busca enseñarle a enfrentar los desafíos que la vida presenta sin que ello le signifique sentirse agobiado o angustiado.

Según explica la sicóloga Javiera García-Huidobro, la competencia positiva se caracteriza por poner el foco en la propia fortaleza, y la competencia negativa es aquella que pone el foco en invalidar y/o ofender al otro; es decir, cuando se cree que la debilidad del otro te hace más fuerte. “Es importante mostrarles esto y explicarles que el invalidar al otro no es una estrategia sana para ganar, ni lo vuelve más fuerte, que además daña sus sentimientos, y que si la situación fuera al revés a él no le gustaría que el otro lo invalidara. Es bueno indicarles que una cosa es competir desde el ‘yo soy bueno para esto’ y otra muy distinta es competir desde el ‘tú eres malo para esto’.

Aquí, los padres y los profesores juegan un rol fundamental, ya que son ellos los que deben hacer de ‘función reflexiva’ para los niños, mostrándoles cuando la competencia es positiva y cuando es negativa, ayudándolos a desarrollar empatía por el otro, y a desarrollar la tolerancia a la frustración. “Cuando un niño no tiene éxito en una competencia, es importante mostrarle que es parte de la vida, que es imposible ser el mejor en todo, que el perder es difícil y no nos gusta, pero que es también una oportunidad para mejorar y superarnos, y ponerse uno como ejemplo frente a él suele aliviar la congoja de la frustración”, concluye la especialista.